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El encabalgamiento diacrónico de los Diálogos

25 Feb

«El diálogo, de un modo parecido a como el poema se sostiene a flote mientras no coinciden plenamente lo prosódico y lo semántico, se mantiene vivo mientras existe una diferencia entre lo dialógico y lo diacrónico, mientras Sócrates puede diferir la hora de marcharse o de separarse de sus interlocutores, mientras puede escandir el tiempo rígido mediante una medida elástica e implícita; pero, así como el ritmo del verso puede describirse como un cierto ángulo de inclinación hacia la prosa que todavía no se identifica con ella, el tiempo «lógico» de los Diálogos platónicos puede describirse como una cierta pendiente o movimiento de caída hacia lo crónico que dura mientras pospone la última fecha del calendario que señalará su final, y que se entretiene dialogando mientras se dirige a ese día del año 399 antes de nuestra era, absolutamente rígido y no comprimible, en el cual se derramó la última gota de agua de la clepsidra de Sócrates. En este sentido, el diálogo (y la temporalidad elástica o flexible que le es propia) no solamente no resulta aniquilado o destruido por la temporalidad diacrónica, sino que sólo es posible enmarcado, encabalgado o invertido en ella, entre sus inflexibles y rígidos límites de principio y final, y su aparente «echarse a perder» es justamente su «tener lugar» del único modo en que ese tener lugar es posible, es decir, de modo (por así decirlo) implícito, en el medio, en la mitad o entremedias de dos límites rígidos, o sea, dejando multitud de puntos oscuros en los vericuetos de la argumentación o de agujeros de sinsentido en la narración de una biografía, puntos oscuros y agujeros de sinsentido que, lejos de ser objeciones contra la posibilidad de lograr aquello que el diálogo persigue (y que en nada se parece a una certeza absoluta que «superaría» el carácter hipotético de las premisas), constituyen el modo mismo en que se presenta y comparece, es decir, el modo en que se aparece en el presente lo que de ningún modo puede ser presente».

J. L. Pardo, La regla del juego, p. 284

Kahlo Two nudes in the wool

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Una respuesta a “El encabalgamiento diacrónico de los Diálogos

  1. Jon Ander

    febrero 26, 2013 at 5:33 pm

    Me encanta este fragmento. Yo también lo tengo anotado por ahí. De hecho, este asunto que comenta Pardo en ese fragmento fue el que me llevó a indagar la relación entre la gramática y “el problema del tiempo” (como él lo llamaba). Si me lo permites, voy a hacerle una glosa al fragmento:

    Es una condición del lenguaje el que sólo puede producirse sucesiva o in-simultáneamente, y sin embargo, para que pueda tener sentido, entonces tiene que dejar de producirse y darse (o tomarse) total y simultáneamente.

    Ahora, intentando desbrozar tanto como se pueda la contradicción latente, podríamos formularla así:lo simultáneo sólo puede darse sucesivamente. O mejor: lo simultáneo sólo puede darse in-simultáneamente. Y si nos ponemos serios: la simultaneidad es in-simultánea. O también: la simultaneidad no es simultánea.

    Ahora bien, esta contradicción puede observarse en los siguientes órdenes:

    En el orden de la sílaba: una sílaba requiere de tiempo para poder pronunciarse; sólo se puede pronunciar sucesivamente, y, sin embargo, para que sea significativo se requiere que sea todo él simultáneo, dado de una vez, lo que significa que el tiempo, el tiempo sucesivo, está anulado.

    En el orden de la palabra: cada palabra sintagmática, así como pasa con la sílaba, tiene una duración, requiere de un trecho de tiempo, una sucesión para que pueda pronunciarse, para que pueda producirse, y, sin embargo, eso no puede ser: tiene que decirse y recibirse toda ella de una vez, dada de un golpe o simultáneamente para que pueda significar, porque si no se desintegraría. Así, el valor significativo de una palabra corresponde pues a una palabra ideal y no sintagmática, esto es, a una palabra impronunciable, inmutable e intemporal, simultánea, que es la única que puede tener significado, pero a condición de que no se pueda pronunciar. Por su parte, la palabra sintagmática, la palabra en la producción, la palabra en el tiempo, esa no podría significar nada, y sólo puede tener significado (ser semántica) a cambio de sustituirse por una palabra no producida, no sucesiva, no temporal, no sintagmática, no prosódica. La distinción, sin embargo, entre una palabra sintagmática y una ideal, es una distinción, si quieres, pedagógica, así como lo es la distinción de Pardo (un tanto imprecisa, a mi modo de ver) entre “lo prosódico” y “lo semántico”: puesto que, propiamente, no es que sean diferentes, sino que una y otra están en contradicción, lo cual significa que, sí, son diferentes, pero que sin embargo también indiferentes. Esto último lo digo porque, a mi modo de ver, Pardo tiene una influencia heideggeriana por la que suaviza las contradicciones de modo que no sean tan explícitas, habla de diferencia donde se trata más bien de contradicción. Esa influencia heideggeriana “suavizadora” la veo por ejemplo en cosas como “[…] su aparente «echarse a perder» es justamente su «tener lugar» del único modo en que ese tener lugar es posible”. Me parece muy lúcido, pero, que “el diálogo” (en el caso de esta cita), pueda “tener lugar” “echándose a perder”, no deja de ser, a mi modo de ver, un recurso un tanto blando (por metafórico) de expresar una contradicción. Y a mi modo de ver -ya digo-, en honor a la verdad, las contradicciones hay que descubrirlas tanto como se pueda, hay que hacerlas o decirlas, a fin de que no sea tan fácil volver a taparlas. Es una pijada pero lo quería decir, porque, aunque me confieso fan de Pardo, creo que, a veces, sus recursos literarios, por más que faciliten el pensamiento (y el descubrimiento), a veces pueden ser también un obstáculo, así como me lo parece muy a menudo en Platón, y así como sospecho que alguna vez el propio Sócrates, tentado por facilitar las cosas a quienes lo acompañaban, pudo haber abusado de imaginerías y de alguna que otra historieta. Por cierto que, a este respecto, recuerdo una entrada tuya en la que Pardo hablaba de Platón (si no recuerdo mal), y que se llamaba “diferencias ontológicas” o algo así, en la que me dio la impresión de que pasaba un poco lo mismo: que con la ‘diferencia’ se estaba de algún modo velando lo que propiamente se trataba de una contradicción. Ya digo que, Heidegger, a mi modo de ver, es muy dado a esto.

    En el orden de la frase: una frase sólo puede tener sentido si está tomada toda ella simultáneamente. Para ello, la frase tiene que tener principio y fin, que es lo que Pardo señalaba de que la frase (el poema o lo que fuera) no tenía sentido hasta que terminaba. Así pues, el sentido de una frase sólo puede tener lugar cuando la frase está acabada y en tanto que se concibe toda ella dada simultáneamente, esto es, totalmente, esto es, de un golpe, esto es, no sucesiva. Si no recuerdo mal, es a este respecto y en este orden que Pardo enunciaba la “ley del encabalgamiento lógico-cronológico” (rótulo que desconozco si es suyo o de algún otro autor). En cualquier caso a mi modo de ver eso de la “ley del encabalgamiento” peca un poco de lo mismo que indicaba arriba: “ley del encabalgamiento” es desde luego una fórmula atractiva de presentar esta contradicción, puede incluso que se pueda decir que tiene gancho, y hasta en un cierto sentido recubre de un cierto prestigio científico el descubrimiento de la contradicción, pero ya digo que, a mi modo de ver, obstaculiza en cierto sentido su descubrimiento, aunque sólo sea porque, dándole categoría de ley, se hace de ello como si fuera una cosa más de las que componen el repertorio de lo real (una ley más de las leyes que configuran la realidad), como si esa ley no estuviera precisamente dinamitando la posibilidad de la realidad, es decir, como si esa ley del encabalgamiento no estuviera imposibilitando por contradictoria cualquier realidad.

    En el orden del discurso: hablar no es un continuo, no es una sucesión continua sin fin, sino que se se habla sucediendo bloques de simultaneidad. Cada bloque de simultaneidad es, por decirlo así, un bloque con principio y fin, que es donde se desarrolla la frase, esto es, se sucede. Pero sólo a condición de que la frase, toda ella, para que pueda tener sentido, se haga como si no fuera sucesiva, esto es, como si fuera dada de una sola vez, simultánea y totalmente. Propiamente, la frase no puede ser sucesiva para que pueda tener sentido, tiene que ser simultánea toda ella (a esta contradicción entre la sucesión y la simultaneidad, Pardo le saca bastante provecho, por ejemplo cuando se refiere a los “agujeros sin sentido” de que adolece una narración y que están “entremedias” del sentido, y que, lejos de obstaculizarlo, lo hacen posible; pero, una vez más, sin embargo, así dicho la contradicción se presenta debilitada, porque el sin sentido no está “entremedias” del sentido, como si pudiesen lo uno y lo otro sucederse, sino que son ambas cosas simultáneamente; y de hecho, el que el sentido esté “mediado” por el sinsentido y que, por la misma, el sinsentido esté “mediado” por el sentido, me parece claramente una fórmula heideggeriana, que sería estupenda si no fuera porque como te digo me parece que debilita la contradicción). Por otro lado, un discurso, una historieta, un relato, un razonamiento, requiere suceder frases, requiere suceder bloques de simultaneidad, y al mismo tiempo, para que dicho discurso, razonamiento o historieta pueda hacer algo, para que pueda tener algún sentido, tiene también que ser todo él un bloque simultáneo (esto Pardo lo descubría a través de Ricoeur con lo que éste llamaba la “dimensión configurativa” del relato, dimensión que, por su parte, se contradecía con la “dimensión episódica”). Y, sin embargo, dicho bloque (superior) de simultaneidad no podía darse más que, como la frase, insimultaneamente. O lo que es igual: el sentido, sólo puede ser el que es, sólo puede haberlo, siendo simultaneo, y, sin embargo, al mismo tiempo, el sentido sólo puede “suceder”, lo cual es una manifiesta contradicción.

    En el orden general del lenguaje: para poder hablar, para poder decir cualquier cosa, se requiere que el aparato de la lengua (el conjunto de sus reglas de formación, sus índices, su repertorio semántico, etc.) sea uno, total, cerrado, mismo e inmutable, porque de lo contrario no se podría hablar (imagínate una máquina de escribir que mientras escribe se le están cambiando o modificando las teclas y sus mecanismos), luego, el aparato de la lengua, para que pueda hablarse, debe ser intemporal, todo él dado simultáneamente (lo que, entre otras cosas significa que su repertorio semántico es cerrado, o lo que es igual, que tiene un número finito de palabras semánticas, palabras cuya definición o significado es también cerrada y finita). Sin embargo, está claro que, al mismo tiempo, no puede ser así, puesto que de lo contrario las lenguas no cambiarían nunca (no habría diferentes idiomas), lo cuál es contrario a toda evidencia. De hecho, el que haya “lenguas”, en plural, ya es un claro ejemplo de cómo el lenguaje, el aparato del lenguaje, ese que es total, cerrado e inmutable, sólo puede darse en formas particulares de lenguas, formas que, sin embargo, contradicen al lenguaje (y a su vez, es necesario suponer tal lenguaje porque sin él no se podría hablar). No sé si me he explicado todo lo bien que debería. En cualquier caso a este nivel tan general del lenguaje a mí me cuesta más investigarlo. Pero bueno, está claro que el asunto tiene mucha miga, yo sólo pretendía apuntar cómo en ese fragmento de Pardo se está dando cuenta de una contradicción que se encuentra en muchos niveles del logos.

    También quería anotar una cosa, aunque no me voy a detener con ella porque ya peligro con aburrirme hasta a mí mismo. Como decía un poco más arriba, los términos en que Pardo da cuenta de la contradicción que aquí está en juego son a mi modo de ver un tanto imprecisos. Pardo se refiere a dicha contradicción como una diferencia irreductible entre “lo semántico” y “lo prosódico”. Bueno pues, además de lo que ya he dicho acerca de llamar ‘diferencia’ a lo que más bien es contradictorio, eso de “lo semántico” no me parece preciso. La imprecisión reside en que todo lo que el lenguaje hace lo está reduciendo “a significar” (y supeditando por tanto la contradicción o diferencia a contradicción o diferencia entre “significación” y prosodia, lo que no es preciso; esta imprecisión creo que la hereda un poco de Ricoeur). Pero el lenguaje no sólo significa, de hecho, significar es sólo propio de las palabras semánticas, ni siquiera se puede decir que las frases de decir (esto es, los enunciados o proposiciones) tengan significado. Las frases aspiran, sí, a tener sentido, ya sean ruegos, promesas, amenazas, preguntas, o enunciados, pero aún así, cada tipo de frase “hace” algo diferente, y entre ellas, las de decir, lo que hacen tampoco es significar. Cuando yo estaba intentando aclararme esto le pregunté a Pardo en un mail por la diferencia entre significado y sentido, así como entre el sentido de una frase y de un relato. Cuando se lo pregunté yo estaba leyendo la regla del juego, y había tenido la impresión de que en ese libro utilizaba los términos siguiendo algún criterio que sin embargo no conseguía precisar, así que me decidí a escribirle para preguntárselo. Su respuesta me pareció buenísima, porque, aunque venía a decirme que no lo tenía claro, me dio ejemplo de cómo él mismo trataba de abrirse paso con el razonamiento y así también me abrió y señaló un campo de investigación que luego resultó ser muy fructífero (y esa honestidad, o ingenuidad, en la investigación, así como la capacidad de entusiasmar por la investigación que me parece que tiene Pardo, es algo que he agradecido siempre mucho y que me parece de una seriedad muy poco corriente entre los filósofos). En cualquier caso, después de haber indagado un poco en la cuestión me parece que donde él dice semántico habría que decir sencillamente aparato o sistema del lenguaje, lo cuál está en contradicción con la prosodia o producción lingüística. Quería dejar nada más que anotado ésto aunque sólo sea para señalar que la atribución de función significativa a las frases, así como la equiparación de la significación con el sentido, así como la reducción del lenguaje a la acción pura y meramente significativa, son todas ellas confusiones muy extendidas que tienen muchas consecuencias y por tanto convienen indagarse a fondo. ¡Bueno! ¡Ya hemos pasado un rato! Espero no haberte aburrido.

    Salut!

     

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