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“Marx on Aristotle”. Seguido de “Pardo on Marx on Aristotle”

22 Feb

(El texto de Aristóteles al que se refiere Marx se encuentra en la Ética nicomaquea)

«Las dos peculiaridades de la forma de equivalente analizadas en último lugar se vuelven aun más inteligibles si nos remitimos al gran investigador que analizó por vez primera la forma de valor, como tantas otras formas del pensar, de la sociedad y de la naturaleza. Nos referimos a Aristóteles.
»Por de pronto, Aristóteles enuncia con claridad que la forma dineraria de la mercancía no es más que la figura ulteriormente desarrollada de la forma simple del valor, esto es, de la expresión que adopta el valor de una mercancía en otra mercancía cualquiera. Dice, en efecto:
»”5 lechos = una casa”
»”no difiere” de
»”5 lechos = tanto o cuanto dinero”
»Aristóteles advierte además que la relación de valor en la que se encierra esta expresión de valor, implica a su vez el hecho de que la casa se equipare cualitativamente al lecho, y que sin tal igualdad de esencias no se podría establecer una relación recíproca, como magnitudes conmensurables, entre esas cosas que para nuestros sentidos son diferentes. “El intercambio”, dice, “no podría darse sin la igualdad, la igualdad, a su vez, sin la conmensurabilidad“. Pero aquí se detiene perplejo, y desiste de seguir analizando la forma del valor. “En verdad es imposible que cosas tan heterogéneas sean conmensurables”, esto es, cualitativamente iguales. Esta igualación no puede ser sino algo extraño a la verdadera naturaleza de las cosas, y por consiguiente un mero “arbitrio para satisfacer la necesidad práctica”.
»El propio Aristóteles nos dice, pues, por falta de qué se malogra su análisis ulterior: por carecer del concepto de valor. ¿Qué es lo igual, es decir, cuál es la sustancia común que la casa representa para el lecho, en la expresión del valor de éste? Algo así “en verdad no puede existir”, afirma Aristóteles. ¿Por qué? Contrapuesta al lecho, la casa representa un algo igual, en la medida en que esto representa en ambos –casa y lecho– algo que es efectivamente igual. Y eso es el trabajo humano.
»Pero que bajo la forma de los valores mercantiles todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual, y por tanto como equivalentes, era un resultado que no podía alcanzar Aristóteles partiendo de la forma misma del valor, porque la sociedad griega se fundaba en el trabajo esclavo y por consiguiente su base natural era la desigualdad de los hombres y de sus fuerzas de trabajo. El secreto de la expresión de valor, la igualdad y la validez igual de todos los trabajos por ser trabajo humano en general, y en la medida en que lo son, sólo podía ser descifrado cuando el concepto de la igualdad humana poseyera ya la firmeza de un prejuicio popular. Mas esto sólo es posible en una sociedad donde la forma de mercancía es la forma general que adopta el producto del trabajo, y donde, por consiguiente, la relación entre unos y otros hombres como poseedores de mercancías se ha convertido, asimismo, en la relación social dominante. El genio de Aristóteles brilla precisamente por descubrir en la expresión del valor de las mercancías una relación de igualdad. Sólo la limitación histórica de la sociedad en que vivía le impidió averiguar en qué consistía, “en verdad”, esa relación de igualdad».

K. Marx, El Capital, Libro I, sección 1ª, Cap. I, pto. 3.

***

«Los obstáculos para el conocimiento del origen del valor son bien señalados por el propio Marx cuando se refiere a los “esfuerzos” de Aristóteles, a quien elogia por haber comprendido tempranamente que la expresión “5 camas valen una casa” no difiere de la expresión “5 camas valen tanto dinero”. Aristóteles habría visto con claridad que no puede haber intercambio sin igualación cualitativa “de esencias” y, por tanto, sin conmensurabilidad (“simetría”) entre las cosas intercambiadas. Sin embargo, su razonamiento tiene que detenerse en este punto (y es conocida la afición aristotélica al “hay que detenerse”) porque, como él mismo asevera, es en verdad imposible que cosas tan heterogéneas” sean conmensurables. “El propio Aristóteles nos dice”, según Marx, “por falta de qué se malogra su análisis ulterior: por falta del concepto de valor” (p. 73). “El genio de Aristóteles”, concluye, “brilla precisamente por haber descubierto en la expresión del valor de las mercancias una relación de igualdad. Sólo la limitación histórica de la sociedad en que vivía le impidó averiguar en qué consistía ‘en verdad’ esa relación de igualdad“. Aunque quede por esclarecer el asunto de la “limitación histórica”, es claro cuál es el “defecto” que impide a Aristóteles alcanzar el concepto de valor: el hecho de que se empeña en atribuirlo a los objetos que se intercambian, a alguna propiedad objetiva de ellos, a sus respectivas esencias, pues es desde ese punto de vista, desde el punto de vista de lo que son la cama o la casa, o sea, de su esencia, como resultan heterogéneas e inconmensurables. De un modo que no contradice en absoluto a Aristóteles, Marx entiende que eso que el griego llamaba “esencia” puede perfectamente ser equiparado con el “uso”, pues, en efecto, desde el punto de vista de su uso una casa y una cama no son intercambiables en modo alguno o, dicho de otra manera, no hay nada en el objeto cama, en la cosa cama, que la haga bajo ningún respecto intercambiable por una casa, ya sea que se multiplique por cinco o por cincuenta. (…)
»Así pues, la aparición teórica del concepto de valor requiere ciertas condiciones históricas que sólo se han dado como tales en la sociedad moderna, y que son indispensables para el “descubrimiento de esa igualdad”, es decir, de aquello que puede permitir comparar e intercambiar cosas cuyas “esencias” son de suyo objetivamente inconmensurables, cuyos valores de uso no pueden equipararse.
»(…) Dos cosas inconmensurables sólo pueden ccompararse si se hacen iguales a una tercera que han den tener en común, y lo único que todas las mercancias tienen en común es el hecho de ser productos del trabajo. Éste es el descubrimiento de David Ricardo. Sin embargo, este proceso de abstracción, al eliminar de la cosa su condición de bien, su utilidad, su esencia y su cuerpo, elimina también el trabajo determinado del cual es producto (la mesa, del trabajo del ebanista, la casa, del trabajo del albañil, el hilo, del trabajo del hilandero, etcétera), de tal manera que tales trabajos cualitativamente diferenciados dejan de poder distinguirse merced a esa abstracción, para reducirse a una forma “espectral” de objetividad, la del trabajo humano indiferenciado, la del trabajo abstractamente humano, “una gelatina de trabajo humano indiferenciado” que no toma en consideración la forma en que se gastó la fuerza de trabajo. Los bienes se convierten en valores solamente cuando su vigencia es únicamente la de ser cristalizaciones de esa substancia social común».

J. L. Pardo, El cuerpo sin órganos, pp. 197-200.

Anteriores post relacionados:
El deseo abstracto (Freud y Marx: el Anti-Edipo), 26-12-2011.

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