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Parménides y los males de Occidente

06 Feb

Hace ya algún tiempo adquirí la edición de Akal del Poema de Parménides, a cargo de Joaquín Llansó. Una edición bilingüe y muy extensamente comentada (sus Notas a la traducción van desde la página 47 a la 207) que hacía merecer la pena la inversión (tengo ya la también bilingüe de Agustín García Calvo, que se encuentra en sus Lecturas presocráticas, I). En fin, comienzo hojeando la introducción de Llansó, tratando de seguirle en sus derroteros, por medio de referencias a Dilthey, Gadamer, Heidegger y, sobre todo, Severino, y, en fin, pienso que el editor-traductor quiere realizar una presentación de la importancia y profundidad del poema, etc. Sin embargo, cuando me dirijo a las notas y leo lo siguiente, no puedo evitar un cierto sonrojo por el “idealismo interpretativo” que se desprende de estas palabras, por no hablar del reduccionismo con apariencia de grandilocuencia que se esconde tras ellas:

«La errónea interpretación del pensar parmenídeo ha tenido y tiene todavía para la humanidad consecuencias que bien pueden considerarse, aún, imprevisibles». (p. 50)

Creo que era Nietzsche el que hablaba del “defecto profesional” inherente a los filósofos, que creen que lo suyo es lo más importante y, por tanto, tienden a explicar todo lo que ocurre reduciéndolo a una especie de historia de ideas. En este caso, se ve claramente que el traductor-editor considera que la entera historia de Occidente reposa en algo así como en un mal acto hermenéutico. Acabáramos. Además, el hecho de que las consecuencias de este misunderstanding sean “imprevisibles” asegura que cualquier cosa que suceda pueda ser reducida a “consecuencia” de ese funesto acto fundacional y “confirme” así la teoría desarrollada. Era también Nietzsche el que hablaba de la “historia de un error”, pero desde luego ese “error” no lo hacía depender de una mala interpretación de un poema de la Grecia arcaica.
Para más inri, el mismo traductor-editor, luego de remitirse a la Essenza del nichilismo de E. Severino como “uno de los ensayos, a mi juicio, más importantes publicados en las últimas decadas”, nos aclara, además, que en esta traducción-edición se desvela el sentido original y originario, el Sentido, digamos, del Poema.

«No obstante, esto no significa que la traducción que aquí se propone fuerce el texto original, sino que, obviando todos los prejuicios ya irremediablemente interiorizados en nosotros por nuestra cultura cristiana [obsérvese que la irremediabilidad es, sin embargo, “obviada”] –lo que no es, desde luego, tarea fácil [no lo es, pero él lo ha hecho]–, se atiene justa y estrictamente a él, pensando los términos empleados y su sentido en el modo en que, de acuerdo con la época en la que vive Parménides, que no es otra que la época arcaica de Grecia, fueron en efecto pensados». (p. 51)

“Obviando” lo comentado entre corchetes, esta declaración de intenciones tiene su aquel, aun cuando me resulte muy dudoso el que alguien pretenda “atenerse” estrictamente a un texto, como si los demás pasaran por alto la mismísima “letra” en aras de imponer su prejuicios suponiendo un “espíritu” extraño a la propia materialidad del texto. Yo mismo he usado a veces ese modo de hablar, pero me temo que esa pareja conceptual (letra/espíritu) acaba convirtiendo la “letra” en el buen “espíritu” y el “espíritu” en una falsa “letra”. Asimismo, me parece también una expresión poco feliz eso de pensar los términos tal y como los pensó la Grecia arcaica. Pero, en fin, en cualquier caso, una empresa así, de “restitución” de sentido, parece cosa digna de intentarse, aunque debería pensarse siempre como algo provisional: pues, en efecto, no hay –ni hubo– ese sentido “original”, lo que tenemos entre manos es un entrecruce de lecturas, una pluralidad de anclajes, cuya mayor o menor efectividad se demuestra en su capacidad de exprimir el texto, de insertarlo en una red hermenéutica más amplia, de hacerle “decir” algo distinto; siempre y cuando tengamos claro el principio de que, aunque las interpretaciones sean infinitas, ello no quiere decir que cualquier cosa sea una interpretación. Y es que, además, intentar restituir el sentido del texto, si se quiere, su contexto receptivo propio, es una tarea que, ciertamente, requiere en particular el Poema del que aquí se trata, del cual es hermenéuticamente dudable hasta la corrección de la aplicación de la palabra “poema”. Por tanto, es una cauta metodología, que busca evitar el anacronismo, esta de la restitución, aun cuando deba entenderse como tentativa. Pero resulta que, a renglón seguido, el traductor-editor y hasta ahora hermeneuta pega un volantazo a su discurso: de citar a Gadamer, como comenté, en la Introducción (recordemos su “una interpretación definitiva parece ser una contradicción en sí misma”) pasa a declarar que la cosa consiste en aceptar lo que él dice o tener “prejuicios cristianos” (cosa que a nadie le gusta, indudablemente). Leámosle:

«Si esto no resulta para muchos, no ya obvio [“como es”, parece decir], sino ni tan siquiera mínimamente correcto, hasta el punto de que se piense que la traducción propuesta, ante todo de determinados y decisivos versos, es errónea –lo que puede ocurrir sin duda–, ello no se debe en realidad más que a aquellos prejuicios, los cuales, como se ha indicado, constituyen ya hoy para nosotros algo más que eso: constituyen, en efecto, el modo mismo de nuestra subjetividad». (p. 51)

O sea, que si piensas que la traducción es incorrecta (ojo, no la interpretación, sino la traducción) entonces es que estás imbuido del mismo “mal” que aqueja Occidente desde el albor de los tiempos, cuando se hizo la funesta interpretación errada del poema. De este modo, la teorización acerca del misunderstanding fundacional adquiere una función de legitimación del trabajo teórico de traducción e, incluso, de descalificación todo aquel que ose poner en duda los resultados de ese esfuerzo; la interpretación general que preside la edición, por lo tanto, actúa como un gigantesco marco retórico que envuelve y protege de toda crítica la traducción propuesta. Nadie puede dudar de ella sin ser tildado de prejuicioso, cristiano, metafísico y nihilista. No sé si nos encontramos aquí con un extraño argumento ad hominem o si más bien habría que usar una nueva categorización, como argumento ad adversarium, dado que se asegura que cualquier rival de su traducción quede inmediatamente descalificado como posible crítico de la misma. En todo caso, un texto así no podría leerse, dado que leer es anticipar, averiguar, corregir, cribar, preguntar, acciones a todas luces prohibidas por el envestimiento casi sacro que se ha dado al texto. Cualquier variación con respecto a su Sentido Originario nos catapultaría al continuo Occidente-Nihilismo-Cristianismo. A no ser, claro está, que se entienda por leer algo así como un acceso “intuitivo” al Sentido, la Revelación de la Verdad o alguna otra actividad mística que linda con lo perceptivo y que deja de lado lo conceptual; o como estudio y “custodia” del texto, su memorización y repetición continuas. Pero si fuera así, ¿por qué hablar de interpretación, aunque sea “la” interpretación? Un texto revelado o revelador no necesita de intérpretes, sino de sacerdotes. La crisis del cristianismo va a una con el surgimiento de su tradición hermenéutica que, si bien mantiene todavía un único sentido al que referirse (el “espíritu”), éste no es ya más que un polo orientativo y el intérprete produce una variedad de “espíritus” que hacen dudoso ese sentido recto que habría en la “letra”. Y es que, en efecto, una interpretación definitiva es una contradicción en sí misma.
Dicho sea de paso, menciono todo esto sin haberme asomado aún a la traducción, cuyo valor hay que pensar como independiente de los artificios retórico-argumentativos que se usen en la introducción y las notas, claro. No se diga de mí que soy cristiano, nihilista y metafísico. Es lo que me faltaba.

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