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La novela y la hermenéutica

18 Oct

«Sin embargo, nada de esto explica por qué este clima de agotamiento de la “estética burguesa” (y, en el límite, de la “cultura occidental”) en el que fermentan las vanguardias históricas ha de producirse específicamente al final del si­glo XIX. Por mucho que aludamos al reiterado factor “exceso de urdimbre, falta de trama”, no podemos olvidarnos de que la modernidad desarrolla una forma literaria –la novela– en la cual la idea de trama argumental (repitamos: planteamiento, nudo y desenlace) parece llegar a su más alta culminación. Acerca del imperio de la Novela en la modernidad, y espe­cialmente durante el siglo XIX, Walter Benjamín, en su ensa­yo sobre la figura del narrador se hace eco de una tesis ya convertida hoy en evidencia: la novela, precisamente por ser esencialmente escrita, es la obra de un individuo aislado y so­litario que se dirige a un lector, no solamente anónimo, sino igualmente aislado y solitario (ya que la leerá mentalmente y en privado) . Benjamín cita la “teoría de la novela” de Lukács para recordar que esta forma literaria –la literatura univer­sal– señala “la falta de patria trascendental”. Falta de patria, falta de tierra, falta de naturaleza. Falta de comunidad».

J. L. Pardo, «Ensayo sobre la falta de argumentos», en id., Nunca fue tan hermosa la basura, p. 75.

«La literatura –y la figura del escritor-lector que su campo posibilita– no viene únicamente, como señala Benjamín, a li­quidar la narración oral (y, por tanto, a enterrar la “voz de la comunidad”, el relato popular anónimo), sino también a “superar” la literalidad de los copistas y escribientes. Viene a devolver a la letra la “voz interior” añorada por Platón, sólo que ésta ya no es la voz de la tradición más antigua y original, la de la memoria (oral), sino la voz individual y pri­vada de la conciencia personal de cada ciudadano (“bur­gués”) particular. La adhesión a la literalidad, el culto a la letra, como bien sabía el ateniense, no procura en absoluto un significado, de ahí que la literalidad no deje más que dos caminos abiertos: o bien la abstinencia interpretativa, pres­crita a los copistas y, en general, a los no doctos; o bien una pluralidad delirante e ilimitada de sentidos alegóricos o figu­rados, en la cual sólo es posible fijar la lección “verdadera” mediante un criterio arbitrario de autoridad, externo al texto. Por ello, mientras imperó la literalidad, no fue posible la interpretación libre de la escritura, sino únicamente la no interpretación (copia obediente e impersonal) o la lección autoritaria. Solamente cuando se libera al texto de la auto­ridad y al copista de la obligación de abstenerse de leer, pue­de surgir una voz interior” (personal, particular, privada) que, en diálogo con el texto, pugne por encontrar la “recta interpretación” (el acuerdo, nunca definitivamente cerrado, entre lo que el texto trae escrito y lo que se oye decir a la voz interior mientras los ojos leen). El texto sólo entrega su sen­tido cuando resuena en el interior del lector, pero esa inte­rioridad (que no es otra cosa sino la mentada marea ilimita­da de figuraciones y desviaciones de sentido posibles que fuera la pesadilla de escribas y doctores de la ley) sólo llega a encontrar la dirección recta, es decir, sólo llega a encar­narse en un significado propio cuando se reconoce en el tex­to (de ahí el tema de la “identificación” del lector con la obra a través de los personajes). La dialéctica de la interpre­tación es precisamente este diálogo entre la resonancia interna y el reconocimiento externo, entre el espíritu y la letra. La “melancolía” del novelista es el modo quintaesenciado de la nostalgia de la comunidad perdida, el síntoma de que la voz que ahora anima el texto es la voz solitaria de un in­dividuo particular, que no puede soñar con encontrar eco en una comunidad, sino solamente aspirar a una asociación pública o sociedad civil (Bürgerliche Gesellschaft) con el resto de los ciudadanos (o sea, de los lectores-escritores, de los que saben leer y escribir) . Como a Deleuze le gusta repe­tir: falta el pueblo (y falta definitivamente) . La hermenéutica, la idea de una “obra abierta” o de un “diálogo con los tex­tos”, que a menudo identificamos con una actitud nihilista o posmoderna, es a todos los efectos producto de la moder­nidad y coetánea de la literatura y de su forma superior, la novela».

J. L. Pardo, «Ensayo sobre la falta de personalidad», en id. Nunca fue tan hermosa la basura, pp. 115-116.

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Publicado por en octubre 18, 2011 en Hermenéutica, Materiales, Modernidades

 

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