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Griegos y modernos.

15 Abr

«Lo que hasta aquí se ha descrito como el intento de un distanciamiento lo es de un distanciamiento ¿con respecto a qué? De entrada parece que nos atenemos a lo hasta aquí expuesto si respondemos que es un distanciamiento con respecto a las cosas, a lo que hay, a lo ente, distanciamiento en el que se pretende de alguna manera decir no ya lo que hay, sino en qué consiste el haber, no ya lo ente, sino en qué consiste ser. Sin embargo esta respuesta es insuficiente, porque por “lo que hay” o “las cosas” o “lo ente” el moderno (es decir: en este caso autor y lector) inevitablemente entiende algo en lo cual siempre ya han intervenido implícitamente ciertos criterios selectivos referentes a qué se entiende por “haber”, a qué condiciones se requieren de algo para que se pueda decir que lo “hay”. No decimos esto solamente en el trivial sentido en el que quizá pueda decirse de cualquier momento, cualquier época, etc. (siempre ocurre que unos ven las cosas de distinta manera que otros, etc.); lo decimos en un sentido más concretamente relacionado con el acontecer que hemos empezado a narrar. La pregunta de cuyo surgimiento hemos empezado a ocuparnos es, en efecto, algo así como la pregunta de en qué consiste el “haber” o de en qué consiste “ser”. En su desarrollo, esa pregunta va generando algo así como intentos de respuesta, los cuales desde el punto de vista interno de la pregunta misma no son sino puntos de apoyo para continuar con la pregunta, pero que, una vez producidos y fuera de la pregunta misma, dado que son intentos de respuesta a “en qué consiste haber” o “en qué consiste ser”, funcionan también como criterios diferenciadores de lo que “hay” frente a lo que “no hay”, de lo que “es verdaderamente” frente a lo que “en verdad no es”. Es decir: como consecuencia de la pregunta de marras, aunque ya fuera de la pregunta misma, la propia noción de ente o de cosa adquiere un carácter normativo-selectivo; incluso habrá una palabra, “ciencia”, para designar aquella presencia de lo ente que es la buena, la válida; en griego (arcaico o clásico) no hay esa palabra (la hay en cierta manera en griego helenístico). Pues bien, el moderno parte de eso como de una situación ya dada; en élla noción misma de “cosa” o de “ente” incluye ya esa reducción a un patrón o norma común; esto ocurre porque el moderno viene cuando aquella pregunta ya ha tenido lugar e incluso ha sido olvidada, quizá para ser reemprendida a partir de una situación determinada por las consecuencias de ella misma. En cambio, y tal como se desprende de lo que acabamos de decir, ese no es el caso para el acontecer (griego) que aquí pretendemos relatar; en tal acontecer, ruptura o distanciamiento, el marco de partida no puede ser una “realidad” consistente en la reducción a una norma o patrón común».

F. Martínez Marzoa, Historia de la Filosofía Antigua, Akal, pp. 53-54.

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