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Pedagogos tecnócratas pasan, al infierno vamos

28 feb

En el año 1990, Emilio Lledó escribía lo siguiente. Veinte años después, la misma matraca, cada vez más insistente y cada vez más letal para el espíritu. Vendrán más años malos…

«En unas recientes declaraciones a la prensa, un personaje instalado en cierta esfera de poder afirmaba que “los sistemas educativos, por difícil que ello resulte, tienen que dejar reproducir el pasado y hasta el presente, para anticiparse al futuro”. Dicho en estos términos, parecería que este consejo manifiesta la preocupación porque los habitantes del planeta seamos, efectivamente, hijos de nuestro tiempo. Pero me temo que, más o menos conscientemente, detrás de tal amonestación se oculta una absoluta frivolidad e incoherencia, que no merecería la pena ser mencionada si no fuera porque una nueva generación de tecnócratas agujereados participan, desde determinadas instituciones, en semejantes principios ideológicos.
»No es fácil entender, entre las muchas objeciones que se pueden hacer a semejante teoría, qué quiere decir esa anticipación del futuro que, sin pasado ni presente, parecería más bien un grotesco salto al vacío. Pero, además, esa obsesión por borrar el pasado colectivo y quién sabe si el individual, aparte de interpretaciones psicoanalíticas, podría ser una clave para justificar cualquier vileza del presente con la impunidad de saber que nunca será recordado.
»Todo lo que hacemos y, por supuesto, todo lo que vive nuestro cuerpo, se sostiene, entiende y justifica sobre el fondo irrenunciable de lo que hemos sido. Ser es, esencialmente, ser memoria. Por ello no deja de sorprender esa negación del propio ser que, paradójicamente, no podría tener futuro alguno si no se funda sobre el presente y el pasado. Ante esos futurólogos de la nada, no parece, pues, anacrónico el intento de dar algunas pautas para una posible investigación que abra un poco más la entreabierta puerta de la memoria. La gran tradición escrita, que constituye la mayor riqueza de eso que se suele llamar el espíritu humano, no puede suprimirse por la irresponsabilidad de las doctrinas funambulescas que, entre otras cosas, cierran la posibilidad de oír otros lenguajes que aquellos del presente e impiden prestar atención a otras voces que no sean las que, tantas veces, resuenan en el monótono y anquilosado discurso con que podemos hablarnos a nosotros mismos».

Emilio Lledó, El silencio de la escritura, p. 11-12.

Anteriores post relacionados:
-Obstáculos para las humanidades, 17-01-2012.
-¿Qué educación para qué ciudadanía?, 09-02-2012.

 
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Publicado por en febrero 28, 2012 in Hermenéutica, Materiales, Modernidades

 

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